Leonardo Ferri es un pintor de éxito, atrapado en Milán entre compradores y una amante, Flavia, que es también su galerista y le fija cuotas de producción como si fuera una fábrica. Bloqueado y agotado, convence a Flavia de que le consiga una villa veneciana derruida, perdida en el campo, el lugar perfecto para trabajar en paz. Lo que encuentra es un caserón con un pasado: una joven condesa que murió allí durante la guerra y de la que todo el pueblo habla, con deseo y con rencor.
En este clásico del cine de terror italiano de 1968, el director Elio Petri filma entre el estilo de cine giallo, el pop y la pesadilla psicodélica, con colores que no descansan y una banda sonora que parece rascar el cuadro. Es un thriller de fantasmas donde nadie sabe quién está viendo qué, y una comedia negra sobre lo que cuesta pintar cuando alguien más ya vendió lo que todavía no pintaste.
La película reparte los papeles de los personajes femeninos con demasiada limpieza: una mujer muerta es inspiración pura (construida solo a partir de los relatos de los hombres con quienes supuestamente estuvo), la viva, la que tiene voz para expresarse, es el mercado, el cálculo.
La violencia de Leonardo cae sobre Flavia, su furia nace de que ella lo convierta en mercancía, y que su excitación pornográfica convive con el terror a su dominio sexual. Y la locura del artista aquí no aparece retratada como un don ni como una maldición romántica, es un modo de producción.
Lo mejor de todo es el inesperado final, una pequeña obra maestra de crueldad y de dulce venganza. El mercado no solo explota al artista, también capitaliza su misoginia.
