Este fragmento sigue a Alice Neel en la etapa del reconocimiento y el balance de una vida dedicada a pintar. Se detiene en las secuelas de la crianza (los hijos, su formación y su relación con el éxito profesional) y en la figura pública de Neel dentro del movimiento feminista de los años 70, aunque ella misma tomaba distancia de esa etiqueta. El punto de inflexión es la retrospectiva en el Whitney, que la consagra como figura de referencia y le da a ella, según cuenta, una legitimidad que antes no se concedía como madre y artista. En paralelo, el fragmento vuelve sobre su defensa del retrato y del humanismo frente a la abstracción, sobre la idea de que sus cuadros capturan el carácter de una persona y el espíritu de una época, y sobre la tensión entre lucha, honor y reconocimiento tardío.
