Este fragmento sigue a Alice Neel desde la Gran Depresión, cuando las ayudas sociales gubernamentales le permitieron seguir pintando mientras cerraban los bancos y el empleo público sostenía a miles de artistas, hasta la hegemonía del expresionismo abstracto en la posguerra. Esa crisis económica no es solo telón de fondo: determina qué se pinta (la calle, el barrio, la condición de la gente) y cómo se vive para poder hacerlo. La maternidad aparece como el otro frente de esa lucha: criar a sus hijos en un espacio donde el estudio, la casa y la vida social se confundían implicó una negociación constante entre el cuidado y una pintura que ella concebía como obsesión, algo a lo que había que sacrificarlo todo. Y cuando el mercado y la crítica se volcaron hacia la abstracción, su compromiso con la figura y el retrato la dejó al margen, en un debate que algunos de los testimonios describen casi en términos morales. El fragmento propone así una pregunta de fondo: qué cuesta sostener una práctica a contracorriente, en lo económico, en lo familiar y en lo estético.
