Esta rareza de film de 2014, basado muuuuuuuy libremente en la vida del gran escultor de origen rumano, no es un documental disfrazado de ficción, es propaganda de orgullo nacional disfrazada de docudrama sentimental. Con un 90% de personajes totalmente ficcionales, incluso algunos que sobrepasan lo absurdo, casi lo único históricamente comprobado en el guión es el cuento del «genio incomprendido por su propia nación»: Rumania rechaza a Brancusi en vida (la Academia le devuelve el testamento, los camaradas del Partido Comunista lo tratan de decadente), y después de muerto, lo reclama como patrimonio propio con la misma vehemencia con la que antes lo escupió. La película no problematiza ese relato ni un segundo; lo interpreta con total solemnidad, sin la menor distancia irónica. Esa fricción, entre la grandilocuencia del mito nacional, del gran y viril escultor macho soviético y el delirio absoluto de la puesta en escena, es lo que hace que la película, sin proponérselo, termine siendo no necesariamente buena, pero sí muy interesante.
Claramente el sentido del gusto Rumano está muy por fuera de nuestros registros, lo que hace un poco complicado seguir el guión de este film, ya que entrecruza tres líneas temporales que no se llevan muy bien entre sí:
-París, Brancusi adulto. Es la línea de «prestigio»: el maestro en su estudio, la amistad con Modigliani (a quien intenta rescatar de la adicción emborrachándose junto a él, una estrategia terapéutica que ningún manual respaldaría), el amor tormentoso con Martha una modelo que posa para él y el affaire con Elaine, una coleccionista que le extiende cheques mientras le dice que es «terriblemente talentoso». Orgías y drogas en la París Bohemia.
-Bucarest, Marin Etu bajo el comunismo. La línea con más potencial dramático. Un estudiante de Bellas Artes va preso trece años por hacer un comentario indiscreto sobre unos burócratas. Al salir, la Securitate lo convierte primero en fabricante en serie de bustos de Stalin y Lenin, y más tarde, ya con el mercado libre, en falsificador profesional de Brancusi para coleccionistas internacionales. Es la metáfora más filosa de toda la película (el artista como mano de obra cautiva, primero del Estado, después del mercado) y también la que la crítica rumana rescata como lo único rescatable del guion.
-El Tíbet mítico de Milarepa. Un yogui del siglo XII narra su propia historia de venganza por magia negra y posterior purificación espiritual a un grupo de discípulos, como espejo simbólico del «viaje del alma» tanto de Brancusi como de Marin Etu. Funciona, en el mejor de los casos, como comentario sobre la búsqueda de esencia y trascendencia que sí fue genuina en la obra de Brancusi, en el peor (que es la mayor parte del metraje que le corresponde) es la excusa para las escenas más delirantes de la película, incluida la ya mencionada oda a la ventosidad sagrada.
Ninguna de las tres líneas está mal por separado: hay ahí una película potente sobre la apropiación estatal del arte (Marin Etu), otra sobre el mito del genio expatriado (Brancusi -París), y una tercera sobre la búsqueda espiritual como motor creativo (Milarepa). El problema, y a la vez la gracia, es que la película las monta como si las tres pertenecieran al mismo registro tonal, cuando en realidad conviven un docudrama patriótico solemne, un melodrama erótico bohemio y un delirio místico-cómico que ni siquiera el propio film parece tomarse en serio.
El resultado es una biopic que no sabe si quiere ser un alegato de reivindicación nacional o una comedia involuntaria, y termina siendo ambas cosas a la vez, sin ningún control sobre el efecto que produce. Es exactamente el tipo de registro bizarro que me encanta coleccionar en el archivo de lalululatv.
Para el que quiera ver un registro más verídico sobre Brancusi y su obra puede ver este bello documental AQUÍ.
