La película se desarrolla en un extenso complejo industrial, en gran parte abandonado, que funciona como loft y taller de artistas: una enorme estructura habitada principalmente por dos personas: una bailarina, Alice (Raquel Karro), y un escultor (Rodrigo Bolzan). Alice y el escultor mantienen una relación sentimental, y ella se ha mudado recientemente al edificio. Una cinta naranja pegada al suelo, divide el área en dos porciones iguales: a la derecha el taller de escultura de él, a la izquierda el estudio de baile de ella. En este escenario, el arte, performances y la intimidad se mezclan. Es donde los personajes pierden lentamente su capacidad de distinguir entre sus proyectos artísticos, su pasado y su relación afectiva.
Ella moldea el espacio con sus pies que marcan el ritmo, los tiempos y baila por esa nave diáfana en la que convive su danza entre la quietud de las esculturas. Él oprime la madera, el hierro y da forma a bloques que invaden poco a poco el escenario de su pacto. Ambos, tensan el aire que los separa, forzando los lazos que los unen hasta desgarrarlos.
La directora Júlia Murat escoge los diálogos cuando no queda más remedio, porque la narración de Pendular se apoya en las acciones, miradas de los personajes y una expresividad corporal que rompe las composiciones equilibradas en planos generales, frente a los encuadres más pegados a zonas del cuerpo, o pequeños detalles que generan una tensión emocional. Coloca a sus dos personajes en una encrucijada vital y personal sin posibilidad de vuelta, con la madurez suficiente para que no resulten forzadas sus reacciones, alejamientos o ternura. Sabe crear presión con la banda de efectos sonoros, las canciones y la partitura original. Pero sobre todo amplifica el sentido incómodo ante la ruptura que puntean las breves e intensas escenas sexuales entre la pareja, de una sensación epidérmica insólita, capaces de lograr una tensión premonitoria que cierra el círculo.

