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Esos años felices

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Anni felici (Those Happy Years, Italia, 2013) es la tercera parte de la trilogía semi-autobiográfica del director Daniele Luchetti sobre su familia. Ambientada en la Roma de 1974, sigue a Guido, escultor que aspira a la vanguardia, y a Serena, su mujer, atrapada entre el amor por él y el hastío de sostener una vida familiar que él trata como estorbo para su libertad creativa. Narra un hijo chico que es testigo a medias de esa separación.

El mundo del arte de vanguardia funciona en este film como decorado, no como objeto real de discusión. Ese uso decorativo tiene su síntoma más flagrante en el personaje del crítico de arte, que pasa de verdugo despiadado a mentor bondadoso sin mediar ninguna razón interna al propio trabajo del protagonista, solo la necesidad narrativa de que alguien redima a Guido antes del cierre.

El apego de Guido a «lo nuevo» no nace de una convicción estética sino de una fuga. El artista enojado y absorto en sí mismo, es producto de una madre que nunca deja de rebajarlo, la vanguardia funciona entonces como refugio, no como territorio de pensamiento: un lugar donde esa vara materna no puede seguirlo. Esa fuga se proyecta hacia los hijos, a quienes expone tempranamente a la «liberación» artística y sexual que él persigue, y ahí la película roza algo que no desarrolla: educarlos en la libertad no es generosidad, es la misma lógica evasiva del padre trasladada hacia abajo, una forma de legitimar el propio desorden convirtiéndolo en herencia generacional.

El conflicto con la madre es, en el fondo, la clave que la vanguardia debería tener y no tiene: todo el discurso transgresor es una respuesta diferida a una crítica materna nunca resuelta de frente, descargada en cambio sobre la mujer, los hijos y el arte mismo.

Lo que queda, entonces, no es una película «contra» el arte contemporáneo ni una que lo entienda mal por ignorancia: es una que lo usa como atrezzo emocional, la misma lógica por la que el título elige llamarse «años felices» en vez de nombrar directamente el divorcio, los atentados o la crisis del petróleo que aparecen apenas como titulares de fondo. Todo lo histórico y lo artístico queda sometido a la misma función: ambientar el melodrama familiar sin pedirle nada a cambio. La vanguardia, en Anni felici, no es una posición estética con consecuencias, es una escenografía que permite decir «esto pasó en los 70» sin comprometerse con lo que realmente estaba en juego en ese momento del arte italiano.

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