En España la titularon Perversidad. En algunos países latinoamericanos, Mala mujer. Ninguna traducción sobrevivió al original: Scarlet Street («Calle escarlata») carga un rojo que es simultáneamente deseo, crimen y vergüenza. Perversidad suena a condena moral. Mala mujer reduce toda la película a la femme fatale, que es exactamente la lectura más perezosa posible. Ya desde el título, algo se pierde en la cadena de transmisión. La película, curiosamente, trata de eso.
Fritz Lang era austriaco, había hecho Metropolis y M en Alemania, y huyó de los nazis para terminar dirigiendo film noir en Hollywood. Llevó a la industria del cine norteamericano una mirada escéptica y satírica hacia las miserias del capitalismo urbano moderno. Que alguien así terminara haciendo una película sobre un artista al que le roban la obra no es exactamente una coincidencia.
El protagonista de este film de 1945 se llama Christopher Cross. El apellido en inglés significa «cruz», pero también «cruce» (como intersección, como encrucijada) y es un apellido que en español podríamos leer simplemente como hombre partido en dos. Lang no era sutil con los nombres. Cross es cajero de día, pintor de domingo, casado con una mujer que no lo tolera. Tiene cincuenta años y una existencia que no eligió. Sus cuadros son su único territorio propio.
La película usa la pintura para explorar problemas de originalidad, autoría y replicación, y lo hace con una crueldad particular: los cuadros de Cross son genuinos, tienen algo, los críticos lo reconocen. El problema es que llegan al mundo con otra firma. Kitty March, la mujer de la que Cross se enamora, y su novio Johnny (un estafador de medio pelo) los pasan como obra de ella. El autorretrato de Kitty, falso en imagen y en autoría, acaba convertido en la pintura más valorada de Cross, sin que él reciba compensación alguna.
Es un chiste estructural que Lang estira hasta el filo del absurdo: el artista real es invisible, la firma falsa es la que cotiza, y los críticos elogian con total convicción una obra cuya procedencia desconocen. El mercado del arte, retratado aquí como una institución perfectamente incapaz de distinguir la mano del nombre.
Lang construye una atmósfera claustrofóbica de calles mojadas y neón abrasivo en la que no hay espacio para la inocencia. Robinson (que venía de hacer de gánster toda su carrera) encarna a Cross con una ingenuidad infantil que contrasta con la venalidad calculada de la femme fatale de Joan Bennett. Es un hombre que no sabe moverse en un mundo donde todo tiene precio excepto lo que él produce.
La película es, en el fondo, una exploración de cómo la comodidad burguesa puede volverse una prisión, y de lo precaria que resulta cuando alguien rompe una sola regla de la respetabilidad. Cross rompe varias. Pero la que lo condena no es moral: es no haber sabido poner su nombre en lo suyo. Fritz Lang, que en ese momento llevaba más de una década siendo absorbido y reencuadrado por el sistema de estudios de Hollywood, sabía algo de eso.

