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El rebelde | Llámame genio

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Esta película de 1961 tuvo dos títulos porque tuvo dos públicos que no se entendieron entre sí. En Reino Unido se estrenó como The Rebel y fue un éxito rotundo, apoyado en la popularidad televisiva de su protagonista. En Estados Unidos se la rebautizó Call Me Genius y ahí fracasó: el humor dependía de un tipo de comedia inglesa, hecha de sobriedad y golpes bajos, que el público norteamericano no supo leer.

Tony Hancock, el protagonista, era en ese momento uno de los cómicos más populares de Gran Bretaña. El Rebelde fue su debut como protagonista de cine y, para buena parte de la crítica, su mejor papel en pantalla grande. Hancock interpreta, básicamente, una versión de sí mismo: un oficinista que abandona su trabajo para convertirse en artista y se muda a París, donde espera que su «genio» sea reconocido entre boinas negras y cuellos de tortuga. La película explora temas existencialistas burlándose de la vida intelectual parisina y retratando las pretensiones de la clase media inglesa.

Lo que sigue es una sátira directa sobre el sistema del arte como estafa organizada. La película no ataca al arte abstracto en abstracto: ataca nombres propios. Hancock adopta las poses de Dalí, sus esculturas citan el brutalismo de Picasso, y cuando su obra se etiqueta como «escuela infantil» el chiste apunta directo a Miró y a Klee. El gag central, el que sostiene toda la primera mitad, es el más cínico: el protagonista no tiene ningún talento, pero eso resulta irrelevante. Lo que decide si algo es «genio» o es basura no es la obra sino quién la avala, qué galerista la promueve, qué mafioso decide comprarla. El giro de guion que lo confirma (su éxito llega por un malentendido, cuando el trabajo de un compañero de cuarto genuinamente talentoso se le atribuye a él) es la ilustración perfecta del sistema como mafia de intereses cruzados, donde el mérito es lo último que importa.

Pero después de construir durante una hora la idea de que cualquier caradura puede colarse en el sistema del arte, la película da marcha atrás: en el tercer acto queda «confirmado» que Hancock efectivamente no tiene talento, que existe una verdad artística objetiva, y que el sistema (a pesar de todo) termina distinguiendo entre el genio real y el impostor. Lo que la película termina mostrando no es tanto que el sistema del arte se autocorrija, sino que el propio protagonista se deja seducir por el brillo del éxito en lugar de sostener el trabajo honesto, y regresa a su vida de oficinista, ahora con la pintura reducida a hobby doméstico.

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