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Todos los Vermeers en Nueva York

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Una parábola sobre los tropiezos de la vida ambientada en el efervescente mundo neoyorquino de finales de los ochenta, donde el mercado del arte y la bolsa florecían, dando lugar a un sinfín de ilusiones yuppies que aún perduran. Anna, una actriz francesa que estudia en Nueva York, se cruza con Mark, un exitoso corredor de bolsa, frente a un retrato de Vermeer en el Metropolitan. A partir de ahí, surge un peculiar romance de significados y conexiones perdidas, con digresiones sobre el vibrante mundo del arte y la bolsa, y quizás, amor.

El cliché de base es conocido: el hombre de las finanzas busca en el arte una redención que no cambia en nada su forma de vivir. Mark no ama a Anna, ama la idea de ella, indistinguible de su idea de Vermeer. Varios críticos coinciden en leer esto como parábola de la bancarrota cultural de la clase alta neoyorquina, la misma figura que después explotarían «Wall Street» o «American Psycho».

Lo interesante es que Jost, el director del film, no lo filma como sátira ni como denuncia: las columnas del Met, la luz, las galerías, todo queda capturado con la misma devoción estética que supuestamente cuestiona. La película nunca decide si el arte redime o si es apenas otro objeto de consumo para gente rica y aburrida, y ahí está la trampa melodramática: vende la belleza del mundo del arte mientras insinúa que esa belleza es una mentira que los personajes se cuentan a sí mismos.

La crítica elogiosa sostiene que la torpeza deliberada del relato (diálogos improvisados, elipsis, un final que corta cualquier resolución sentimental) es lo que le permite escapar al golpe bajo: el arte funciona como espejo que expone el vacío de los personajes, no como consuelo real. La lectura crítica es más seca: sin trama, actuación pobre, personajes sin interés, pretensión sin sustento, lentitud confundida con profundidad.

Ambas lecturas coinciden en el diagnóstico de fondo: el mundo del arte es aquí el único espacio donde estos personajes (financistas, actrices sin suerte, galeristas, un artista adicto a quien su propia galería le niega dinero) pueden fantasear con tener una vida interior. Es el cliché de siempre, el arte como refugio moral de gente moralmente en bancarrota, pero Jost lo filma sin la ironía esperable, y ahí la película se vuelve más interesante que sus propios personajes: no decide si cree en esa redención estética o si la exhibe como una farsa más del circuito.

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