Este tramo se centra en cómo Olafur lleva su discurso climático a la calle. Con Reloj de hielo trae bloques de hielo groenlandés a derretirse frente a la Tate: la gente los toca, los abraza, escucha estallar burbujas de aire de hace veinte mil años, y esa experiencia física genera una «respuesta cívica» que ningún dato sobre el deshielo logra por sí solo. Con Pequeño sol el registro cambia: deja el espectáculo londinense y se va a Etiopía a distribuir lamparitas solares entre quienes todavía dependen del kerosén, calculando su impacto en toneladas de CO2 evitadas y no en visitas de museo. Lo que atraviesa ambos proyectos es una idea de responsabilidad compartida: ni la huella de carbono de exhibir internacionalmente ni la culpa individual quedan resueltas, pero Olafur insiste en que el arte puede achicar la distancia entre pensar el cambio climático y actuar en consecuencia, aunque eso implique molestar a los que le reprochan seguir mostrando su trabajo por el mundo.
