Elliot, un joven de 23 años(Cooper Hoffman) recién egresado de una carrera de arte, consigue trabajo como asistente de Erika Tracy (Olivia Wilde), una artista contemporánea famosa por su obra sexualmente explícita y su actitud provocadora. La relación laboral se convierte en un vínculo de dominación y sumisión.
El film del director Gregg Araki se presenta como una burla del mundo del arte, pero la burla es de las más previsibles: la artista provocadora, los objetos sexuales de gran escala, la galería como templo de la pose, el asistente explotado. Nada de eso es nuevo, y el cine lleva décadas repitiendo la misma caricatura.
El problema mayor es de construcción. Erika confiesa por sí misma que el arte contemporáneo es una estafa, y con eso el film se blinda: si el personaje que encarna el sistema admite la farsa antes que nadie, la crítica queda desactivada. La sátira no señala nada que su objeto no haya dicho ya. Lo que se ve del mundo del arte es su superficie más reconocible (el escándalo, el vestuario, la frase efectista) y casi nada de su funcionamiento real: los coleccionistas, los galeristas, el trabajo precario de los asistentes, que aparece como decorado y no como tema.
El film sostiene que los jóvenes de hoy tienen poco sexo y menos aventura, y que necesitan que alguien los saque de su timidez. Es un lugar común de la prensa, repetido durante años en notas y encuestas, y la película lo adopta sin examinarlo: no pregunta de dónde viene ese diagnóstico ni quién lo formula, y lo pone en boca de la artista que además ejerce el poder. El resultado suena a sermón generacional de un adulto que extraña su propia época, con una nostalgia por la transgresión que nadie pidió.
El vínculo entre jefa y empleado es, por definición, una relación de poder, y el film lo sabe: hay un contrato de confidencialidad, hay dependencia económica, hay un consentimiento que se estira. Pero trata todo con tono de comedia de enredos, y cada vez que la incomodidad podría volverse pensamiento aparece un chiste. Invertir los géneros (la mujer poderosa, el hombre joven) también vuelve más digerible una situación que, con los roles habituales, sería difícil de reír. El film quiere que se discuta el consentimiento y a la vez lo diluye. Al final queda una defensa de la transgresión como coartada, y no es claro si la película lo advierte.
El desenlace recurre a uno de los tópicos más viejos del sistema: el artista vale más una vez muerto. La desaparición de Erika hace subir los precios de su obra. El film lo presenta como remate irónico, cuando podría haber sido el centro del análisis: qué convierte una biografía trágica en plusvalía, y quién cobra. La idea está, pero se agota en el gag.
