Art Prison nace como piloto dentro del combo de Adult Swim (la programación nocturna de Cartoon Network pensada para audiencia adulta, especializada en animación y comedia de humor absurdo y transgresor) escrita por los guionistas de Rick and Morty, y se estrenó como especial de medianoche el 29 de julio de 2018. Pero ahí quedó: nunca se convirtió en serie, pese a que la premisa: «convictos con talento compiten por la supremacía dentro de una prisión para las artes» tenía cuerda para mucho más que media hora.
Se trata de una cárcel donde todos los presos son artistas (pintores, cantantes, músicos, bailarines) obligados a producir obra todos los días como condición de su encierro, y donde el trato que reciben depende directamente de qué tan talentosos resulten. El bastante conocido actor Randall Park interpreta a un crítico encarcelado por homicidio culposo y convertido, por decreto carcelario, en arma de la directora del penal para forzar a un artista bloqueado (Darjon, interpretado por LeJon) a terminar una obra. Ahí está el gesto más filoso del corto: no imagina una cárcel para criminales que resultan ser artistas, sino una donde el delito es no tener talento y la pena es la exposición forzada.
De ahí en más, Art Prison dispara parejo contra el mercado: la subasta como ritual de legitimación arbitraria, el valor que sube cuando el artista muere (o parece que va a morir), coleccionistas dispuestos a comprar cualquier relato con tal de que sea interesante, y una directora que necesita el «odio motivador» para sacar producción de su activo estrella. Todo pasa en un registro de humor carcelario, escatológico y deliberadamente ofensivo, más cerca del sketch que del ensayo visual.
El chiste central: el crítico deja de ser el que juzga desde afuera y pasa a ser mano de obra: la mala reseña se convierte en insumo de producción, no como consecuencia. Y la vuelta de tuerca es que el artista no necesita que lo fuercen: ya estaba preso de su propia vocación antes de que el crítico entrara a la celda. Art Prison solo literaliza, hasta el absurdo, algo que el mundo del arte real ya vende como virtud: que el sufrimiento y la autoexplotación son prueba de compromiso.
