El mural

En 1933, el fundador del diario Crítica encargó al mexicano David Alfaro Siqueiros, la realización de un mural atípico. Por única vez, el hombre que junto con Diego Rivera y José Clemente Orozco elevó el muralismo a su máxima estatura no cultivaría el arte de masas, en exteriores y de tamaño épico, sino una forma de arte cortesano, para exclusivo consumo de ricos, enclaustrado en el sótano de la mansión que Botana tenía en Don Torcuato. Convencido militante del Partido Comunista mexicano, Siqueiros aceptó a cambio de casa y comida, tal vez con la intención –plenamente contradictoria con su fe ideológica– de vivir durante un tiempo la vida de un magnate.

Siqueiros decidió consagrar “Ejercicio Plástico” a su amada, la poeta uruguaya Blanca Luz Brum, a la que recibió en la quinta de su anfitrión. Para la confección del mural requirió la colaboración de unos treintañeros Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino, a quienes les sumó al escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro.

Trabajando casi a la manera medieval (un genio y sus discípulos), Siqueiros and friends llenaron el sótano de ondulaciones y gigantescos cuerpos desnudos que envolvían el espacio, y ensayaron técnicas nunca antes vistas utilizando materiales poco usuales. Pero mientras eso sucedía… ¡#spoileralert! entre bambalinas se desarrollaba un retorcido culebrón erótico que tenía por protagonistas a Botana, su no menos mítica y aparentemente demente esposa (la feminista, militante anarquista y convencida ocultista Salvadora Medina Onrubia), Siqueiros, Blanca Luz, un policía infiltrado disfrazado de gaucho, una niñera lesbiana… y también a Pablo Neruda. Todos con todos, y contra todos, bajo el mismo techo.

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