Stalin, el «ruso-georgiano asiático» con pie palmeado y brazo atrofiado, gobernó por capricho asesino: abolió el calendario juliano (y sus días perdidos acabaron «enterrados en un bosque»), inventó semanas de cinco y seis días, y renombró a las niñas como «Electrificación» mientras sus presos cavaban canales inútiles y morían por millones. El realismo socialista, que no era ni socialista ni realista, impuso un hiperkitsch de tractoristas santificados y mariscales a caballo entre las ruinas de Berlín, una estética tan absurda como la orden de ser felices bajo amenaza de ser enemigos del pueblo. Al final, los rascacielos de Stalin no eran modernos, ni rusos, ni americanos, ni nazis: eran todas esas cosas a la vez, el espeluznante padrino del posmodernismo, nacido de un delirio totalitario que confundió el hormigón con la verdad.

