Retrato final

En París, en 1964, el escritor estadounidense James Lord acepta ser modelo para un retrato del famoso artista Alberto Giacometti. Aunque Giacometti prometió que tomaría solo una tarde, el artista es perfeccionista, y Lord termina regresando al estudio de Giacometti por más de dos semanas, teniendo que cambiar repetidamente su vuelo de regreso a Norteamérica.

Si eso suena como una premisa débil para una película, no te equivocas del todo. “Retrato final” es,  por momentos, una película sobre ver cómo se seca la pintura.

“Retrato final” (el horrible título acuñado en su estreno para las audiencias en español fue “El arte de la amistad”) es una contradicción frustrante. Al igual que James Lord, somos invitados al mundo de un gran artista, pero una vez que llegamos allí nos vemos obligados a preguntarnos si valió la pena el viaje. Muchas biografías revelan que sus sujetos son seres humanos imperfectos, miserables o incluso despreciables, pero no siempre reservan una parte saludable de juicio para el resto de nosotros, que solo queríamos saber cómo era pasar el rato con ellos.  Es una subversión inteligente de todo el género biopic, simplemente nunca vende su punto de vista de una manera tajante.

El director, Stanley Tucci toma nuestro impulso colectivo de “perdonar” el mal comportamiento en nombre del arte, pero en realidad no lo pone bajo el microscopio para ver por qué sucede eso o cómo funciona esa relación. Sus personajes son sutiles, pero su tono es confuso, como si fuera grosero salir y condenar a cualquiera de ellos. Sin una mano fuerte que nos guíe, nos queda una película biográfica finamente actuada, pero solo adecuada, que roza la grandeza y luego pinta sobre ella.

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