Hay una escena en Not an Artist (Alexi Pappas y Jeremy Teicher, 2023) que lo resume todo: un grupo de adultos con uniformes azules que dicen ARTISTA en el pecho firman un contrato según el cual, si no terminan su proyecto en treinta días, quedan legalmente prohibidos de hacer arte para siempre. El hombre que los convoca se hace llamar The Abbott. Tiene discípulos. Habla en aforismos. Lo interpreta RZA, Bobby Diggs, fundador del Wu-Tang Clan y figura que en la vida real también construyó una mitología propia alrededor de un colectivo de artistas. El casting no es inocente.
La premisa es deliberadamente absurda, no pretende documentar cómo funciona una residencia para artistas real sino llevar al extremo el imaginario de lo que debería ser una: un espacio de transformación radical, de ruptura con el mundo exterior, de contacto con el yo creativo verdadero. El problema es que ese imaginario, llevado a su lógica extrema, se parece bastante a una secta. La dinámica de poder disfrazada de generosidad, el mecenazgo como control: Not an Artist lo pone en escena con suficiente distancia irónica como para incomodar. Hasta que, llegado cierto punto, empieza a creer en su propio gurú. La secta se vuelve inspiradora y la sátira se rinde.
Algo similar pasa con el trauma como materia prima artística. La película ridiculiza con bastante gracia la creencia de que cuanto más se ha sufrido más se merece llamarse artista, pero no termina de sostener la crítica: la resolución de casi todos los arcos narrativos cae en exactamente la misma trampa que venía cuestionando. El arte como catarsis, el artista que procesa su dolor y emerge transformado. Autoayuda con subtítulos de festival.
Lo más interesante aparece casi de costado: la forma en que el dinero estructura todo aunque nadie lo mencione. Los personajes usan el mismo uniforme y viven en las mismas cabañas, pero sus relaciones con el mercado (quién vende, quién depende de becas, quién tiene un padre que paga) determinan quiénes son y cómo se relacionan. La residencia como fantasía igualitaria que no puede ocultar las jerarquías que promete suspender. Eso sí es sátira con dientes. Lástima que la película prefiera terminar siendo amable.

