Van Gogh, a las puertas de la eternidad

Resultan encomiables los esfuerzos del director Julian Schnabel por dar forma a una experiencia audiovisual que plasme en pantalla las peculiaridades de la obra y psique del protagonista, y que brinda un tratamiento plástico notable, con un uso de la luz, el color y las texturas ejemplar.

Por desgracia, la falta de autocontrol desvirtúa estas bondades a través del exceso, desperdiciando lo que podría haber sido un viaje memorable a través del sur francés de finales del XIX y de la mente de una personalidad excepcional. En lugar de esto, nos encontramos con una narrativa arrítmica y desesperante que dilapida el conjunto, marcada por unas interminables secuencias de montaje acompañadas de una banda sonora que reincide incansable sobre las mismas notas de piano.

‘Van Gogh, a las puertas de la eternidad’ parece manifestar secuencia a secuencia una obsesión por resultar diferente y provocativa; por aparentar ser más inteligente de lo que, probablemente, es en realidad. Sus cortes abruptos, sus entreactos engalanados con voces en off engoladas o su cámara excesivamente libre, capaz de marear en los pasajes más descontrolados y que se alza como otro recurso para reflejar la mente del personaje principal más tópico de lo que aparenta, no son suficientes como para salvar al filme del más absoluto aburrimiento.

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