F de Falso

Orson Welles, ya en la última etapa de su creación, realizó con “F for Fake” una magnífica reflexión sobre uno de los temas que más insistentemente aparece a lo largo de toda su filmografía: la dualidad entre lo real y lo ficticio en la representación artística. El mágico engaño del arte.

Utilizando como punto de partida un material no rodado por él, sino perteneciente a los descartes de un documental sobre falsificadores que François Reichenbach había realizado en 1968 para la televisión francesa, Welles teje con F for Fake un complejo rompecabezas. Los ejes narrativos principales son las historias de dos de los más famosos falsificadores del siglo XX: el primero de ellos es Elmyr d’Hory, pintor americano de poca monta que saltó escandalosamente a la fama por ser el mayor falsificador de obras de arte conocido hasta entonces. D’Hory falsificaba cuadros de Modigliani, Matisse o Picasso, y era reclamado por la justicia de varios países. La corrupta trayectoria profesional de d’Hory salió a la luz a través de una biografía publicada por un escritor venido a menos, Clifford Irving, el cual fue acusado de la publicación de una autobiografía totalmente falsa sobre el multimillonario Howard Hughes, quien había decidido hasta entonces, mantenerse en el anonimato. Esto le venía que ni pintado a las intenciones de Welles, así que rodó material auxiliar sobre los dos falsificadores, los cuales hablaban abiertamente de sus respectivos escándalos . La película que finalmente montó Welles, era un caótico collage que mezclaba fragmentos del material ajeno perteneciente a Reichenbach con los filmados por él mismo y también con trozos de otras obras ( avísenle al FBI urgente!!!!!!).
El film nos plantea, en parte, una puesta en conflicto de la institución artística como autoridad, ¿Quién es el experto y quien el falsificador?. El origen de la labor de esta forma de “artistas” está sin duda ligado a la idea del mercado de arte.
Exactamente una hora después comienza un fragmento final en que relata la historia de Oja Kodar, una bella muchacha que, afirma la película, logró captar la atención de Picasso y posó para la producción de veintidós obras que, según había sido pactado, debía de quedarse aquella.

Llegando al final del film, Welles se sumerge  en un monólogo existencial en el que plantea lo efímero de la vida y la obra del hombre, poniendo en tela de juicio la importancia de la creación y la autoría del artista, a quien irremisiblemente el tiempo acaba por destruir.

 

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